El aro de humo ha vuelto

Recuerdo que aquella tarde esperaba impaciente que las aves se fueran. Fumaba como de costumbre su vieja pipa, la mecedora solo hacía ruido, había dejado de balancearse unos años atrás. El tío decía que solo la lluvia, los sonidos fuertes y las malas noticias alejaban a las aves, que huían ciegas buscando las risas y la estupidez que brilla y llaman alma. El tío siempre tenía muchas historias que contar, recuerdo vagamente algunas, pero la única que siempre pesó en mi memoria era aquella del aro de humo.

Decía que los fumadores como él, con esa experiencia de contar cuentos y labrar la madera, tenían esa habilidad; contar sus días a bocanadas, a tragos de ese licor gris que decidía el destino de aquel que lo sabia escuchar en el viento.

Era una noche calurosa. El tío llamó, pidió que me sentara a su lado. El ruido de su mecedora me aterraba. Tomé mi lugar tratando de ignorar a esa vieja silla. Me dijo que ya tenía yo edad suficiente, a él le sobraba el tiempo vivido. Vació su pipa e introdujo una bola de tabaco en la olla de la fiel flauta muda. Después de encenderla dio un par de bocanadas, me dijo que ahora yo labraría la madera, al tiempo que ponía la pipa entre mis manos y, sin estar muy seguro de lo que hacía, aspire el humo. Al exhalar, el viento calido que nos rodeaba concibió un circulo perfecto. El tío empezó a reír, de entre su carcajada loca alcance a escuchar que a partir de ese momento empezaría a morir. Siguió riendo hasta que su corazón dejó de latir, el aro de humo había vuelto.

Abraham