A propósito de las colecciones, un cuento...
Lo que lo hizo detenerse ante la vitrina fue la botella. De hecho tuvo que regresarse, pues iba de prisa y cuando su mente registró lo que el ojo había percibido él ya había avanzado unos pasos. No era una botella extraordinaria, de hecho era bastante común, incluso él tenía casi trescientos ejemplares similares, pero las manías justo se llaman así porque no tienen una lógica: él coleccionaba botellas azules de vidrio, todas las botellas azules de vidrio que encontrara, sin importar la procedencia, sin afectar el contenido o la forma, sin razón, pues. Era como una adicción.
Como todos los maniacos él seguía un patrón específico con el fin de obtener una botella cuando ésta le salía al paso: la observaba desde todos los ángulos posibles, e iba ampliando el perímetro de influencia para detectar el acceso más viable. En general las encontraba en bazares y comercios, así que la mecánica era simple: la compraba. Solicitaba al dependiente que la sacara del estante, y pagaba sin regateo. También las hallaba en basureros y depósitos, y entonces nada más tenía que tomarlas tras la meticulosa observación.
Pero esta vitrina era distinta porque el producto en venta no era la botella, como se lo explicó el comedido dependiente. Con mayor razón, argumentaba él; si sólo era parte de la decoración podía retirarla y entregársela. A lo que el respetuoso dependiente replicaba que esa botella era parte de un todo, de un concepto ornamental que no debía ser destruido. En eso él estaba completamente de acuerdo, y por ello insistía en que la botella le correspondía naturalmente debido a su insoslayable necesidad de poseerla, y así incluirla en el concepto ornamental que era su vida misma.
La discusión subió de tono hasta que él se abalanzó sobre el objeto de la discordia al mismo tiempo que el dependiente. Ambos tomaron la botella, forcejearon, rodaron por el suelo con ella entre las manos. El incidente atrajo a los pasantes, que luego servirían de testigos.
La botella de vidrio azul cedió al peso de los cuerpos y se rompió con un estallido. Un afilado trozo perforó el cuello del dependiente, que al perder fuerza no pudo impedir que él alzara violenta y torpemente el trozo restante y se lo clavara en la cara.
Tras un par de cirugías y una larga convalecencia en el hospital de la prisión lo llevaron a una celda que compartía con otros tres reos. No le importaba. No le importaba nada. Al perder la vista su manía, su necesidad vital, había desparecido.
De su morada fueron retiradas 4627 botellas de vidrio azul.


s-c dijo
Hola calepin... bonito cuento, que triste que una afición nos lleve a tal límite sabiendo que en un principio la idea de coleccionar está derivada de la palabra pasatiempo, que la intención es divertirnos sanamente...
Gracias a Dios no es nuestro caso y mis colecciones, aunque criticadas por mi mamá, realmente no le hacen daño a nadie...
Espero que sigas visitando mi espacio, me gustaría tener tu opinión acerca de el resto de mis post.
Gracias por tu comentario.
8 Noviembre 2007 | 07:35 PM